domingo, 14 de enero de 2018

VIAJE A INDIA: ENTRE EL ÉXTASIS Y LA "BULIMIA TURÍSTICA"



Las pasadas navidades tuve la suerte de visitar India por primera vez en mi vida. Era un viaje pendiente desde hacía décadas. Quizás mitificado por lecturas adolescentes de viajeros espirituales o por testimonios de adictos al yoga y a la meditación.


Aunque es realmente difícil transmitir una experiencia paladeada desde latitudes con costumbres tan ajenas a las nuestras, no me resisto a escribir unas líneas acerca de esta experiencia de 12 días. Espero que algo se trasluzca a través de mis palabras.



Decidí apuntarme a un viaje organizado de una agencia con un perfil más alternativo y cultural, con la esperanza de no entrar en el típico viaje de circuito turístico. También porque en India no queda otra para iniciarse, que un viaje organizado, por lo que se dice de la peligrosidad del país para viajeros no iniciados en el mismo. Recorrimos Rajastán (la esquina superior izquierda de la India que, por lo visto, tiene la misma extensión que España).


Imagen de Wikipedia

Fueron 12 días intensos de conocer nuevos lugares, hacer nuevos amigos en ese “Gran Hermano” que acaba siendo un grupo de viajes, por la estrecha convivencia día tras día. Por suerte fue este un encuentro afortunado, pues he conocido a personas estupendas y he disfrutado mucho de los momentos compartidos.



Intentaré mirar un poco más allá de mis parámetros occidentales, que generarán sesgos perceptivos inevitables. Por ejemplo, las 3 horas de cola esperando en el aeropuerto en inmigración, a que te revisen pasaporte y visado, pueden exasperar la paciencia del más templado, y más teniendo en cuenta las horas de vuelo que llevábamos encima, y que eran casi las tres de la madrugada al aterrizar… No obstante, el saber algo de meditación y el haber vivido en otra cultura en la que el tiempo es relativo (Marruecos), me permitió cambiar el chip y mantenerme en un presente atento (no reptiliano) en el que conversar con otras personas que por allí andaban a la espera. Al final atravesamos la barrera del espacio-tiempo y llegó Delhi tras una amena conversación con una agradable pareja de colombianos que recorrían el mundo y que me contaron sus peripecias. Prueba superada: llegar con calma al final del primer obstáculo… Eran casi las 6 de la mañana y eso permitió ver de forma tranquila una Delhi que se desperezaba antes del alba. Tranquilidad, pocos coches y poca gente. Engañosa impresión de una de las ciudades más caóticas y pobladas del mundo (¿18 millones? No se sabe a ciencia cierta, pues no todo el mundo está censado).



A partir de ese momento se inició una frenética expedición de días en los que tuvimos la suerte de encontrarnos con lugares maravillosos. Ese día llegamos al hotel sobre las 6:30 a.m., a las 8:30 a.m. nos daban de desayunar para iniciar el periplo turístico a las 9:30 a.m. Sin apenas dormir nos sometimos condescendientemente a esa programación, también con la esperanza de que semejante ritmo nos haría adaptarnos más fácilmente al jet lag al dormirnos instantáneamente, al caer la noche, por agotamiento. Empezaba la "bulimia turística": durante varios días fuimos sometidos a una sobredosis de visitas a templos, mausoleos, palacios, cementerios, que para colmo se complementó con encerronas en emporios comerciales (nos soltaban en alguno de estos lugares en los que no había mucha opción de escape, para estimular nuestro consumismo insaciable de occidentales, creo que en esto el cansancio no ayuda a la regulación de la compulsividad con las compras). 



A favor de los organizadores he de decir que gracias a ese ritmo de gynkana turística pudimos visitar una cantidad de lugares que hubiera sido imposible para mis propias fuerzas y capacidad de previsión y de organización. He conocido lugares maravillosos e inolvidables como el Taj Majal. Solo por estar allí ha merecido la pena el viaje. 




Me pareció una belleza Jama Masjid, una mezquita situada en Delhi, que por lo visto es la más grande de la India. Curioso eso de que nos cubrieran con una prenda hasta los pies para poder entrar. Pero también a destacar la paciencia de muchos musulmanes que nos toleraban. Me sorprendió que algunos pusieran solo cara de un cierto malestar al ser fotografiados rezando por algunos turistas. No sé como se hubiera tolerado esa falta de respeto en otros lugares del mundo de cualquier otra religión. 

Mezquita Jama Masjid en Delhi

En la mezquita con lo que había que 
ponerse para poder entrar....

Precioso también el mausoleo en Delhi del Emperador Humayun. Curiosamente lleno de niños uniformados sonrientes y con ganas de conversación y risas con nosotros.

Mausoleo en Delhi del Emperador Humayun

Sorprendente Mandawa con sus hawelis o palacetes de nuevos ricos del siglo XIX cuyos descendentes han abandonado la zona para irse al sur del país. 

Haweli en Mandawa
Interior de un Haweli en Mandawa

Impresionante la ciudad de Bikaner, una antigua ciudad-fortaleza. El recorrer sus callejuelas me recordaba las medinas de Marruecos. Es curioso el parecido de la India con muchos lugares de Marruecos, tanto por el ambiente, como por el tipo de edificios, etc. Fue interesante entrar en un templo jainista, se respiraba dentro mucha paz, en mitad del casos de la ciudad. Una de las mejores experiencias en Bikaner fue que nos dejaran entrar en una boda india y que los invitados se fotografiaran con nosotros… 

Bikaner
Templo Jainista en Bikaner

Pero lo más sorprendente, cerca de Bikaner, en Deshnok, fue visitar el templo Karni Mata o “templo de las ratas”. Sí, un templo lleno de ratas por todas las esquinas, pues allí se consideran animales sagrados. Menos mal que no soy escrupulosa… Algunos de mis compañeros de viaje no lo pasaron muy bien allí.

"Templo de las ratas" en Deshnok

"Templo de las ratas" en Deshnok

Me impresionó también Vrindavan, una ciudad sagrada a las orillas del segundo río sagrado de la India (río Yamuna). Es una ciudad plagada de templos, en la que tuvimos la suerte de contemplar varios rituales simultáneos a la orilla del río al atardecer, en los ghats

A la orilla del río Yamuna en Vrindavan

Ceremonia a la orilla del río Yamuna en Vrindavan
Orilla del río Yamuna en Vrindavan
Vrindavan es también una ciudad plagada de monos, que se consideran sagrados. Uno de ellos le robó las gafas a una compañera de viaje, que fueron recuperadas por la sagacidad de un indio. 



En esta ciudad también nos llevaron al templo de los Hare Krishna, en el que pudimos presenciar uno de sus rituales de adoración a Krishna. En él los indios parecían relajados e implicados. Los occidentales conversos estaban totalmente abducidos e hipnotizados… En ellos veías el poder de la secta para haber anulado su individualidad. Impresionaba.

Visitamos aún más lugares, pero no quiero hacer esta entrada muy pesada. Han sido miles de experiencias y detalles que contar, y que es imposible abarcar en una entrada de un blog. Sólo quedan por mencionar, como relevantes, los impresionantes y lujosos palacios, que tanto contrastan con el caos, miseria y pobreza que vemos en las calles (aunque no tanta como esperaba, parece que India ha mejorado en este sentido en las últimas décadas).

Añado también un breve comentario acerca de la curiosa complejidad del Hinduismo, una mezcla sincrética y variada de cultos, templos y tradiciones milenarias. A nuestros ojos parece haber mucha religiosidad mágica (dioses-muñecos que se columpian, imágenes veneradas fervorosamente, tradiciones inamovibles, etc.). Pero en estas latitudes también hay religiosidad mágica, más difícil de captar así por el acostumbramiento. En fin, todo un reto para la reflexión transcultural. Una curiosidad es el columpio que aparece en la foto de más abajo, dedicado exclusivamente al dios Vishnú. Se considera que el dios se está columpiando en él pues hay una imagen del mismo encima del columpio:



La India es un país fascinante, lleno de contrastes (pobreza-riqueza, caos-armonía, espiritualidad-materialismo, etc.) que no nos puede dejar indiferentes. También nos permite darnos cuenta de los condicionamientos culturales al echar una mirada externa a una cultura tan diferente a la nuestra. Pero es importante no caer en la tentación de que nosotros estamos libres de dichos condicionamientos. Son distintos, por eso podemos ver la “paja en el ojo ajeno” y quizás más extremos (lo de los matrimonios concertados por los padres o la vida tan dura que espera a las viudas es difícil de digerir). 

Llama la atención lo que nos dijo el guía de que no se cuidan las cosas porque viven en el pasado y en el presente. Que estar en el presente supone no prever las cosas para mañana y no cuidarlas demasiado… ¿Puede ser eso lo que nos espere si entramos en modo mindfulness constante? Quién sabe…

Aunque fueron días muy intensos creo que para conocer esa cultura y ese país no es posible en 12 días y aún menos en plan “bulimia turística”. Creo que necesitaría un ritmo reposado, entrar en su modo de tiempo tranquilo y presente por unos días, para empaparme más del sentido de lo que allí sucede. Espero volver de otra manera y “vivir” la India. No quiero vivir secuestrada por un tour turístico y su frenético ritmo de consumo compulsivo de experiencias viajeras. Volveré de otro modo para saber donde estuve, como son sus gentes, en qué consiste esa cultura de milenios y cómo es su religiosidad, etc. Seguro que me quedan infinidad de cosas por descubrir que en mi viaje turístico no alcance ni a intuir...

El cómo viajamos parece ser un reflejo de cómo vivimos. Consumimos todo a un ritmo frenético: experiencias, relaciones, cosas. Lo curioso es que mis compañeros de viaje no parecían incomodarse por la bulimia turística y que incluso parecían satisfechos si se añadía alguna actividad adicional al apretado tour del día. Creo que, en general, vivimos demasiado hiperestimulados en nuestras latitudes y no nos sorprende viajar de ese modo. No nos paramos a digerir, paladear o a estar en silencio contemplando lo que sucede. Quizás en esto los indios puedan aportarnos algo de calma y mesura… Quizás aún me quede mucho por digerir después del viaje bulímico, para poder ser consciente de todo lo vivido, contemplado y experimentado... 

jueves, 14 de diciembre de 2017

¿ESCLAVOS DE IDEAS?

Imagen de Pixabay: aitoff

En cierto periodo de nuestras vidas necesitamos incorporar a nuestras mentes ideas que nos identifiquen, que nos hagan sentir que somos valiosos y buenos y que nos den un sentido de pertenencia a un determinado grupo. De este modo nos aliamos con ciertas ideologías que defendemos a capa y espada, con la sensación de estar haciendo lo correcto. Lo peor es que son contagiosas, nos invaden como los virus en nuestro sistema y pueden acabar hackeándolo..

Cuanto más definidas estén las ideologías que asumimos más fácil es seguir el pack de creencias correspondientes, asumir un lenguaje, unas pautas de comportamiento e incluso una forma de vestir. Por ejemplo, es más fácil ser de izquierdas o de derechas, asumiendo determinadas pautas de uno u otro bando, que reflexionar acerca de diferentes elementos políticos por separado. 

En algún momento de nuestras vidas todos hemos asumido acríticamente algún planteamiento que nos parecía bueno. A veces porque nos lo transmitía una persona de nuestra confianza, o la idea nos parecía que podía aportar algo para un mundo mejor, o bien porque alguien nos manipulaba o seducía hábilmente, etc. Cuanto más inmaduros seamos más fácil será manipularnos…

Las ideas se instalan cómodamente en nuestras mentes y cuanto más claras y contundentes sean mejor para sentirnos seguros. Así no es necesario pensar mucho. Así nos sentimos expertos e importantes en cualquier cosa: crecimiento personal, psicología, medicina, política, etc. 

El sentirnos expertos, justos, verdaderos o inteligentes nos aporta identidad y pocas cosas son tan adictivas como las identidades prestadas. Nos alivian mucho el vacío existencial y nos permiten dejar de pensar, dado que otros piensan por nosotros. Es la tentación de la pereza existencial, que sólo perpetúa el vacío mientras miramos en otra dirección y lo anestesiamos. Una buena anestesia es lo que nos hace sentir importantes, pues así sentimos que existimos y somos, ya que si defendemos la justicia de algo nos sentimos justos e valiosos, estamos jugando a ser los salvadores del mundo sin darnos cuenta de que somos esclavos del pack ideológico de turno, convirtiéndonos en peones y difusores de las ideas de moda. En general poniendo más empeño e incluso más agresividad en ello cuanto más inconscientes seamos. La insistencia con la que alguien quiere imponernos alguna idea suele ser un reflejo de su inconsciencia e ignorancia. Algo que es más flagrante si su insistencia va unida a agresividad y a descalificación personal. Todos somos testigos de estos fenómenos cotidianamente en las redes sociales, medios informativos, etc. Somos testigos de la tiranía de la ignorancia, que resulta dañina tanto si lo que se defiende es aparentemente justo como si no lo es. La cuestión es que esa supuesta lucha ideológica aniquila la libertad humana, la espontaneidad y la posibilidad de ser quienes podamos ser realmente. Y también nos impide ver la realidad, nos mantiene atrapados en matrix jugando por ejemplo a ser los justos, los buenos, los luchadores y currantes por un mundo mejor, como si formáramos parte de un videojuego gigante. 

Sé que da vértigo pensarlo… pero ¿qué tal si nos paramos a pensar por un momento en las ideas que defendemos con más insistencia y entusiasmo? ¿Las hemos generado realmente nosotros? ¿Conocemos su fundamento? ¿No es inquietante darnos cuenta de lo poco libres que podemos llegar a ser?


Imagen de Pixabay: DasWortgeband

sábado, 25 de noviembre de 2017

VIVIR CON "HERIDAS DE GUERRA"

Imagen de pixabay: Comfreak
Vivimos en la era del “bienestar”. Por todas partes se nos bombardea con ofertas de spa acuático para el relax físico, spa psicológico para el relax mental y spa espiritual para el bienestar del alma… Queremos estar bien a toda costa, eludir el sufrimiento y si este se da, que algo o alguien nos lo quite rápido, pues apenas tenemos capacidad para soportarlo.

Pero la realidad no es así, no está siempre la opción que responde a todos nuestros deseos, o no existe la píldora mágica para la felicidad permanente. El sufrimiento nos lo encontramos todos, antes o después, en mayor o menor grado en nuestras vidas. ¿Quién no ha experimentado alguna vez una “herida de guerra”? ¿Quién no ha sufrido alguna lesión en su vitalidad, confianza, sensibilidad, sentimientos, etc.? ¿Quién no se ha encontrado con personas injustas y egoístas o incluso malvadas que han lesionado su confianza en la vida? Incluso aunque no hayamos encontrado a esos "malos de película", todos nos relacionamos con personas que cometen errores, que se equivocan, que juzgan inadecuadamente, etc.; personas cuyas cegueras y limitaciones lesionan imprudentemente a otros. Experimentando más daños quienes son más vulnerables.  

Imagen de pixabay: Comfreak

De las malas experiencias muchos nos hemos llevado “heridas de guerra”. Una parte de estar vivos implica el riesgo de lesionarse con las vivencias, con las relaciones, etc.. Si camino por la vida me puedo caer o tropezar… Pero ¿esto implica que el riesgo de caerme me haga quedarme en casa para evitar la caída? Si hago esto, haría una lesión más grande a mi existir al quedarme inmovilizada por el miedo a experimentar una lesión o un contratiempo… Además de una herida, añadiría un perjuicio al malestar, como el de privarme de buenas experiencias que ampliaran mi perspectiva y horizonte vital.

Vivir implica un riesgo. De hecho, desde que nacemos podríamos morir. Pero mejor nos olvidamos de esto… Vivimos, inconscientemente, como seres inmortales que aspiran a una sonrisa beatífica permanente como fruto de un bienestar perenne… Algo que parece solo alcanzable si viviéramos siempre drogados o anestesiados. 

Con lo que planteo en este escrito no quiero decir que la felicidad no sea posible, sólo pretendo señalar que la felicidad no es un estado de placer o de risa permanente. Las personas que se consideran felices experimentan sufrimiento, sienten las cosas buenas y sienten las malas. No se quedan enganchadas en lo que las daña y disfrutan lo que les genera placer y bienestar. Experimentan la vida, abren su alma a experiencias que quizás ponen a prueba su propia vulnerabilidad. Sí, vulnerabilidad. Somos vulnerables y mortales. Normalmente queremos olvidarnos del dolor, para vivir en la inconsciencia que nos hace creer que felicidad es lo mismo que placer. No vemos que quizás lo que nos incomoda es también una oportunidad para ver más allá, para fortalecernos, para crecer. La felicidad es mucho más que el hedonismo (buscar placer), es también eudaimonismo (buscar sentido). Es decir, que no es el placer lo único que aporta felicidad, también lo es el eudaimonismo, una forma de encontrar sentido a la vida ligada a poner en práctica valores como el altruismo, o ser capaces de mirar por el bien común, o permitirnos ser creativos, etc. Las personas con felicidad eudaimónica (centrada en el sentido) se deprimen menos que aquellas que buscan felicidad hedónica (centrada en el placer), según muestran diversos estudios.

Por otra parte están los que sacan una cierta “rentabilidad” del sufrimiento. Consciente o inconscientemente la queja constante y el apego a su dolor les proporciona una identidad y sensación de que existen y les sirve para recibir diversas atenciones, o para eludir responsabilidades. Viven en la ficción de que sin estar situados en el rol de víctimas irredentas no existen. Es decir, un personaje llamado “víctima” se ha apoderado de sus vidas, pues así se obtienen algunos beneficios en el día a día. Pero esta actitud solamente sirve para sufrir más, a pesar de que parezca proporcionar unos ciertos beneficios. Ese personaje de “víctima” impide vivir la propia vida, impide la  propia libertad y es una cárcel que perpetúa aún más las “heridas de guerra”, porque supone seguir viviendo durante años como si la guerra no hubiese terminado, en un estado de terrible indigencia emocional y de sufrimiento perpetuo, por muy rentable que sea. Esa rentabilidad no son más que migajas que acaban aumentando la necesidad de existir y de ser querido, desde un lugar que para quién así vive supone no llegar nunca a su objetivo.

Las “guerras” y las “heridas de guerra” existen, pero las guerras suelen ser pasajeras (lo que pasa es que nuestra mente no siempre se da cuenta cuando la guerra ha terminado). Afortunadamente, esas “heridas de guerra” pueden curarse en unos casos, en otros aliviarse, y en caso de no ser posible lo anterior se trata de aprender a vivir con ellas, desde el lado más sano que todos tenemos. Estar con “heridas” no significa ser peor persona, ser inútil o estar incapacitado para tener una vida con sentido (felicidad eudaimónica), aunque cueste más encontrar momentos placenteros. Incluso hay personas “heridas” que han construido sus vidas y las de los demás con una actitud heroica, han sido capaces de mirar más allá de su propio sufrimiento, aprovechándolo para darse cuenta de que hay más “heridos” con los que hacer el camino y que es mejor acompañarse unos a otros en construir la realidad que solidificar burbujas heladas alrededor suyo que vuelven más dolorosas las heridas.

Las “heridas de guerra” ahí están. Son una muestra de nuestra vulnerabilidad como humanos que somos. No somos dioses, aunque a veces nos podamos creer esas ficciones narcisistas tan limitadas en las que parece que lo único que importa es la obtención del propio placer y queramos alargarlo indefinidamente. Probablemente, si esto algún día fuera posible, acabaríamos atrofiados, reblandecidos, obesos y tan limitados como los humanos de la película Wall-E, que acaban incluso perdiendo parte de sus huesos al no caminar, pues van sentados todo el día en una máquina que también les entretiene.



Como contraste tenemos los caminos de tantos héroes anónimos que luchan por un mundo mejor. Un ejemplo puede ser el de Frodo en “El Señor de los Anillos” que a pesar de sus “heridas de guerra” y limitaciones sigue luchando hasta el final por cumplir su misión, pues tiene un sentido para él. Ha asumido su responsabilidad para el bien de todos.



Ante las “heridas de guerra” asumamos nuestra responsabilidad por hacer lo posible por sanarlas (al menos del rencor ante quién las produjo, pues las envenena doblemente), y mientras no se alivian, o en el caso de que no puedan curarse acordémonos de todas las partes sanas de nuestra realidad bio-psico-socio-espiritual desde las que podemos seguir construyendo una realidad mejor para todos, con el ejemplo de una actitud que quizás ayude a salir adelante a nuestros hermanos heridos. Aunque unos heridos puedan más que otros, unos caminen y otros no, unos puedan elegir la mejor actitud y otros no, unos puedan reír y otros no… Tengamos o no heridas graves siempre está la opción de aportar algo desde los más pequeños detalles, hasta la más grandes obras. El dolor es una experiencia común a todos y lo que podamos hacer por aliviar el propio y el de otros siempre aportará más sentido que buscar el mero placer. Ojalá podamos pasar de la búsqueda del bienestar permanente, a la búsqueda del “bien-ser” progresivo…


Diariamente encuentro en muchos de mis pacientes a esos héroes anónimos que me muestran como son capaces de seguir viviendo incluso con graves “heridas de guerra” y que tienen la humildad de dejarse acompañar o de guiar en nuevos caminos, desde la supervivencia a la Súper-vivencia. Gracias a todos ellos por enseñarme tanto cotidianamente.

lunes, 16 de octubre de 2017

EL WHATS APP Y SUS NEUROSIS: NUEVAS DESESPERACIONES EN LA VIDA MODERNA

Imagen de pixabay, por geralt

A veces, viendo los problemas que generan las comunicaciones electrónicas me he preguntado si los sistemas de mensajería modernos como el Whats app y similares nos ayudan o perjudican en nuestra salud mental…

La comunicación entre seres humanos puede ser un regalo de la vida y una oportunidad de aprender y de querer a los demás, pero, cuando ésta se altera, puede ser fuente de gran sufrimiento en diversos momentos de la vida.

En nuestros tiempo, las virtudes y las dificultades de la comunicación tienen un nuevo ámbito de experiencias: las comunicaciones electrónicas, en las que tomaré como referencia el uso del Whats app y las situaciones difíciles que se pueden dar en el mismo.

Por un lado está esa especie de magia de la comunicación inmediata con personas que físicamente no están, y la posibilidad de nuevos lenguajes y expresiones por ejemplo con los diversos usos y combinaciones que pueden dar los emoticonos. Aunque también dudo de si el uso excesivo de emoticonos no nos estará catapultando a un lenguaje más pueril o cavernícola. Quizás requieren menos esfuerzo cognitivo, a la vez que facilitan la expresión de diversas emociones, pero también pueden hacernos perezosos a la hora de expresarnos con palabras de una forma más sutil…

Por otro lado están todos los conflictos, discusiones, angustias, etc. que pueden derivar de una conversación de Whats app. Estos son algunos ejemplos, a los que añado ideas de manejo de situaciones incómodas en ese tipo de comunicación, con modales mínimos que hagan que la ética y el respeto a otro también sean tenidos en cuenta:

-       A veces, al no percibirse el tono emocional de una frase, puede parecer más negativa o agresiva o indiferente de lo que realmente es. Por eso mejor, antes de reaccionar con sensación de ofensa, reflexionemos, respiremos y esperemos antes de decir lo primero que nos viene a la mente. Si la emoción interfiere, por respeto mejor digamos a otro que responderemos más tarde, cuando estemos más calmados. Cuando leemos un texto escrito estando calmados es más posible que captemos que no es tan negativo como cuando lo leímos estando mal.

-       La no respuesta después de percatarnos de que alguien ha leído nuestro mensaje (el famoso doble check azul) y de que ni si quiera dice que nos responderá más tarde. Antes de empezar a pensar que el otro es alguien desaprensivo y maleducado, que está enfadado o que le somos indiferentes podemos aprovechar la espera para entrenar la paciencia y plantearnos hipótesis alternativas ante esa no respuesta. Es posible que alguien lea algo que hemos mandado y que no pueda responder inmediatamente o que simplemente quiera pensar la respuesta más adecuada. También, si estamos al otro lado, quizás sea más cuidadoso con el otro decirle que le respondemos más tarde.

-       O cuando alguien nos despide, argumentando que está ocupado con una tarea laboral o de otro tipo, y vemos que sigue en línea mucho más tiempo… Obviamente no podemos decirle “sé que estás en línea y que no quieres hablar conmigo”… La mejor opción es pensar que hay alguna razón por la que esa persona mantiene la comunicación con alguien y que ha podido poner una excusa falsa, para no decirnos directamente que en ese momento tiene una prioridad y no quiere hablar con nosotros, por el momento. Cuidado con empezar a pensar en que el otro es un mentiroso, que no nos quiere, que cualquier conversación es más importante para él. Pues aunque así fuera estaría en su derecho de dedicarse a lo que le parezca, y por otra parte, no tenemos la capacidad para leer el pensamiento de nadie. Suponer sobre lo que no sabemos no sirve para nada más que para enfadarnos sin saber qué pasa realmente. Puede ser una oportunidad para respetar el espacio del otro, aunque sus mentiras y excusas puedan hacernos sentir mal o provocar enfado. Quizás es una oportunidad para tener más comprensión de que el otro no siempre está disponible, pero también para ver lo mal que maneja la comunicación… nos siente como nos siente (obviamente tenemos derecho a sentirnos mal ante lo que no entendemos).

-        También está la sensación súbita de desconcierto que puede generar el corte brusco de una conversación que uno no siente finalizada y quizás el otro sí.  A veces parece que un diálogo acaba en monólogo y eso puede activar los resortes inconscientes de sentir que algo no va bien… Nuevamente el ponernos en el lugar del otro, el pensar que no es que esté furibundo al otro lado o lanzándonos maldiciones o castigándonos con el silencio. Quizás está ocupado, distraído o no se ha dado cuenta de que le queríamos decir algo más. Y si estamos al otro lado ¿qué tal si nos despedimos cuando queramos concluir una comunicación de este tipo para no generar desconcierto al otro lado? También puede ser oportuno preguntar si al otro le ha pasado algo o decir, de forma respetuosa que se tiene la sensación de que la conversación se ha quedado incompleta.

-       El que se pretenda que el que está al otro lado capte una necesidad o idea concreta sólo por escribirla, con el malestar correspondiente si no ha sido así. Lo que podemos hacer en este caso es aprender a decir con claridad qué queremos exactamente y verificar que la otra persona lo ha captado. Mejor no enfadarse porque el otro no capte algo que queríamos decir y en caso de que veamos que queremos manifestar o pedir algo más complejo, mejor llamar o verse personalmente. Si tenemos algo serio o complejo que decir siempre es mucho mejor verse personalmente con la otra persona explicitando que se quiere hablar de algún tema que es importante para uno.

-       La desinhibición que a algunos les supone el no tener delante a otra persona y soltar cualquier cosa que pase por la cabeza sin captar el contexto del otro. Si nos vemos en una de estas ¿por qué no reflexionar acerca de las consecuencias de alguna comunicación impulsiva? ¿por qué no pensar un poco antes de lanzar cualquier idea difícil pensando cómo nos sentiríamos si alguien nos escribiera algo en ese tono o de esa manera? Aquí nuevamente la empatía, el respeto y la consideración me parecen buenas ideas.

-       Las escaladas de tensión absurdas que se pueden dar en algunas conversaciones de whats app por acumulación de algunos de los factores previos. En estos casos, si vemos que la cosa se está poniendo tensa es mejor manifestar el deseo de que es mejor retomar la conversación cuando se esté más calmado y preferentemente en persona. Los conflictos que se pretenden resolver por mensajes tienden a aumentar, no a disminuir. La comunicación electrónica no es la mejor manera de resolver un problema de relación pues se presta a numerosos malentendidos.

Quizás el mundo de la comunicación electrónica está aún asilvestrado y ahí ni se aplican los criterios de ética y de educación de una conversación normal, como saludar, despedirse, decir ahora no puedo atenderte y luego respondo, etc.


Quizás también ante la inmediatez de todo no toleremos la frustración, no tengamos paciencia, ni entendamos que el otro tiene otro ritmo que ha de ser respetado, que tiene sus dificultades personales que se manifiestan en su estilo de comunicación y, por otra parte, que no pasa nada si en algún momento no somos el centro del universo… y nos centramos en algo que nos ayude a sentirnos mejor y dependa de nosotros mismos, en la realidad del presente en la que estemos inmersos, lo sepamos o no…

También considero importante ser respetuosos y claros en las comunicaciones electrónicas, pues el que está al otro lado puede sufrir innecesariamente. Puede ser bastante constructivo esforzarnos un poquito más, así ahorraremos malos momentos al otro y a nosotros mismos de rebote...

Imagen de pixabay, por geralt

sábado, 9 de septiembre de 2017

EMPATÍA Y SENSIBILIDAD. UNA REFLEXIÓN SOBRE EL RESPETO A LOS “RAROS”

Cuadro de John William Whaterhouse: "Circe"

Es fácil hablar de respeto, empatía y de diálogo, pero más difícil es practicar todo esto de manera congruente. Estos son ámbitos de la vida en los que el aprendizaje ha de ser constante, pues con cada ser humano que encontramos tenemos la oportunidad de poner a prueba estas capacidades y de seguir aprendiendo al ver nuestras limitaciones humanas.

Vamos avanzando en el sentido de que hoy en día se fomenta más el respeto al diferente, aprendemos  habilidades sociales (a veces lamentablemente para manipular más a los demás), comunicación no violenta, sabemos de la importancia del diálogo, etc. No obstante, aún estamos muy limitados en estos temas y especialmente en lo que respecta acerca de comprender a otros, a la vista de  que son muchas personas que acuden a consultas de psicoterapias por vulneración de sus derechos básicos, uno de los cuales considero que habría de ser el derecho a ser respetado en la propia sensibilidad (siempre y cuando esa sensibilidad no sea un egocentrismo victimista que se use para manipular a otros).

Por más que veo ese énfasis en considerar el respeto a los diferentes, a los débiles, etc., veo que aún necesitamos aprender mucho a darnos cuenta de que el otro es otro y de que para poder respetarle en su sensibilidad es necesario hacer un esfuerzo de empatía más allá de la propia mirada, más allá de lo que a mí me parezca que es o no normal. Igual lo que fallaría es la propia perspectiva, cuando no entendemos a alguien y no el otro en su propia rareza…

Es cierto que se está haciendo visible la realidad de quienes son diferentes, incluso en el caso de los sensibles a quienes se ha denominado “personas altamente sensibles” (PAS). Una mayor sensibilización y comprensión de esta realidad puede hacer que al menos estas personas se comprendan y acepten mejor  y que aprendan a poner límites sin sentirse culpables por ser diferentes.

El problema es que los no sensibles o los que tienen otro tipo de sensibilidad parecen seguir sin enterarse demasiado. A lo que podemos añadir el problema de que la alta sensibilidad se pueda esgrimir como una identidad “especial” para usar su propia sensibilidad como arma arrojadiza con quien sea diferente a  los sensibles, o bien que las personas demasiado susceptibles se escuden en que son “personas altamente sensibles”, lo que conllevaría que el mundo habría de adaptarse a ellos, en una modalidad más de egocentrismo narcisista.

El trabajo de la tolerancia y comprensión ha de ser un trabajo de las partes, todos tenemos algún tipo de sensibilidad, mayor o menor. Todos somos diferentes a otros en algunos puntos, aunque algunos seamos más diferentes que otros. Los altamente sensibles también han de comprender y respetar que los demás son diferentes, al igual que quienes no sean tan sensibles… Unos y otros hemos de relacionarnos entendiendo al otro, respetando, escuchando y evitando burlas o comentarios degradantes hacia quien se sienta de otra manera. Los raros tienen derecho a ser raros siempre y cuando su rareza no dañe u ofenda la sensibilidad de otros.

En la vida cotidiana seguramente muchos hemos recibido comentarios burlones o  ninguneantes, o excesivamente críticos cuando nos hemos sentido de forma diferente a como se sienten los demás miembros de un grupo que se consideran los "normales", o bien cuando algo nos ha resultado incómodo, molesto o forzado, o cuando simplemente mostramos otro punto de vista. Incluso a veces sucede en el mundo de la psicoterapia y de las relaciones de ayuda, que se supone que ha de ser un mundo seguro y acogedor y respetuoso con las diferentes sensibilidades, vemos que a veces resulta árido para quienes se sienten de otra forma… Algunos ejemplos son los testimonios de personas más introvertidas que se han sentido invadidos o incómodos en grupos de hiper expresión emocional, que han podido vivir con malestar el hecho de tener que expresar sus sentimientos a desconocidos o se han forzado a dar abrazos a quienes no conocen, en ciertas dinámicas de grupo. Siendo luego criticados, objeto de burlas o de comentarios negativos por no saber “acoger”, “relacionarse”, “comunicarse” o incluso “querer” a otros. Por no hablar de que han sido vistos como sospechosos de padecer algún trastorno mental por su diferente sensibilidad en la expresión emocional, por su introversión o su diferente forma de ser y de sentir… Creo que aún nos falta por aprender a ser más cuidadosos en los grupos, en los encuentros interpersonales o en las relaciones de cualquier tipo a la sensibilidad distinta y es importante darnos cuenta de que cualquier cosa forzada puede ser una vulneración de los derechos de otro ser humano, incluso aunque sólo sea un comentario burlón o una crítica aparentemente inocente ante otra forma de vivir o de sentir las cosas. A esto se añade la importancia de tomar consciencia de que aunque a veces se trate de sensibilidades distintas, en otras ocasiones el forzar la comunicación grupal, los abrazos o el happening emocional puede llegar a retraumatizar a algunas personas con ciertas heridas emocionales (por ejemplo, quienes han sufrido abusos sexuales pueden sufrir mucho por un acercamiento físico no deseado, o no consentido, que puede reactivar la sintomatología traumática).

Seamos cuidadosos y observadores de los diferentes estilos relacionales y comunicacionales,  entendamos que otros tienen sensibilidades diferentes y observemos y preguntemos ante quienes tenemos delante cuando no les entendamos, especialmente ante lo que les perturba o lo que les hace sufrir. Nadie es culpable de ser como es… Las dificultades no se superan forzando, obligando o criticando a quien siente de una manera distinta. No podemos empujar a entrar en ciertas dinámicas a quien no quiere hacerlo y menos si previamente no ha sido informado y aún menos forzarlas o imponerlas con una aparente normalidad y cordialidad, y buen rollismo dentro de estrategias que a veces incluso resultan un tanto manipuladoras y que más bien refuerzan el ego del que lleva el grupo o de quienes comparten una determinada forma de relacionarse. Imponer una dinámica o actividad sin previa información, culpabilizando o simplemente induciendo, puede ser una vulneración de derechos fundamentales y sobre todo una falta de respeto al alma de otra persona. Si somos terapeutas grupales o docentes y alguna vez alguna persona no quiere participar o alguna dinámica le resulta molesta dejemos el espacio para que esa persona se sienta respetada, cuidada y para que con libertad se exprese desde la acción y desde el silencio.

El respeto a las diferentes sensibilidades más bien enriquece que empobrece y nos saca del empeño en la “normalización” y homogeneización que a veces, desde mi punto de vista erróneamente, se llega a tener en algunas dinámicas de terapia, encuentro, socialización, etc.

Raro no es sinónimo de patológico, peligroso, amenaza, etc. En realidad, en lo más profundo de nosotros todos somos diferentes y raros, la cuestión es darnos cuenta y aceptarnos como somos para así poder asumir y aceptar la rareza de los demás y actuar de una forma respetuosa y consciente. Cada ser humano es único e irrepetible y cada alma humana es un espacio sagrado que ha de ser respetado en su propio ser y estar.

Cuadro de John William Whaterhouse: "Ophelia"